El 27 de abril salimos de Lleida destino a Port Aventura. Se respiraba muy buen ambiente. Todos teníamos ganas de pasar un buen día, con las diferentes distracciones que estaban a nuestro alcance. El primer espectáculo que vimos fue la Polinesia. También el Far West y nos atrevimos con la atracción: Dragon kan.
En la Polinesia, los bailarines (que se movían a un ritmo sensual yrítmico) invitaron a nuestros chicos a bajar a la pista, nos reímos un buen rato. Luego, salimos de allí y enfilamos una cuesta que nos dejaba en una cantina dedicada a México. Allí comimos muy bien y salimos satisfechos, tarareando diferentes melodías mexicanas.
Seguimos nuestra visita por el parque. Luego, cuando íbamos por las últimas atracciones, nuestras compañeras Maria y Carol empezaron a animarme para que subiese en una de las atracciones más peligrosas de este parque. Yo me había prometido que por nada del mundo me dejaría convencer de subir a ninguna de ellas, sin embargo una cosa es un propósito y otra la realidad. Así que, sin darme cuenta, estaba subiéndome primero a una empinada rampa que da paso a otra no menos importante bajada. Cuando noté que el agua me cubría totalmente, un fuerte chillido salió de mi garganta y les dije a mis amigas que si me oían hablar por lo bajo, era yo que las iba a maldecir toda la semana. Todo terminó con una gran sonrisa y desde entonces en el comedor de mi casa luce a primera vista la foto de tres personas con rostros diferentes: dos están muy alegres y otra está aturdida. ¿Se imaginan de quién son estas caras?
Dolors Arola





















